Por MÓNICA ZAS
Después de un triunfo rotundo, los movimientos de pocos directores se escapan ante los atentos ojos de Hollywood, y Sam Mendes no iba a ser menos. Su triunfo fue American Beauty en 1999, y su riesgo Road to Perdition en 2002. Un riesgo, porque es demasiado común que la filmografía vaya perdiendo fuelle tras haber saboreado las mieles del éxito. A Mendes no le ocurrió lo previsible y desde entonces hizo las paces con una exigente taquilla y aún más estricta Academia de cine.
Dreamworks le dio más libertad ampliando sus labores también en la producción y le ofreció la adaptación de una serie de novelas gráficas escritas por Max Allan Collins e ilustradas por Richard Piers Rayner bajo el título de Camino a la perdición. La novela contenía un drama familiar de cine negro al más puro estilo de la tragedia clásica, que podía ser un buen experimento formal para el cineasta al introducirse por primera vez en el género.













